TABÚ DE SER PUTA II

Mujeres buenas, malas, putas, santas, transgresoras, tradicionales…. Mujeres. Quizás sea ese el problema del trabajo del sexo, de ejercer la prostitución, de ser Puta. Empezaremos con una comparativa muy simple. Al hombre que ofrece servicios sexuales a cambio de dinero se le llama gigoló (término moralmente más aceptado a todas las escalas); en cambio, a la mujer que ofrece esos mismos servicios se le llama puta, con las connotaciones negativas que esto conlleva. Ser puta lleva implícito ser una mala mujer, mala madre, mala hija, inculta, analfabeta, egoísta, viciosa… víctima y verduga. Como bien dijo Nereida, trabajadora del sexo, – Las prostitutas somos las más amadas y repudiadas a la vez -.
Estas palabras nos hicieron reflexionar, ¿cómo es posible repudiar a quien amas?, ¿cómo atreverse a juzgar con una hipócrita moral? Una falsa moral ligada al temor al sexo, al sexo sin ataduras, sin dependencias donde impere la dominación del macho frente a la mujer, donde no exista la manipulación sino un contrato verbal en el que ambas partes aceptan y niegan servicios. La sociedad tiene miedo del sexo libre, se lleva siglos considerando el sexo como concepto tabú, como si se tratara del acto más maligno de la tierra. Pero es la sexualidad quien da la vida, lo más preciado que cualquier ser humano posee. Es la sexualidad lo que proporciona placer. Aceptamos la violencia como algo natural del ser humano, en los medios de comunicación, en los videojuegos infantiles, vemos violencia desde que nacemos y no lo cuestionamos, ni repulsamos, ni lo escondemos. En cambio, nos impacta, nos repulsa, nos genera lástima  ver a mujeres empoderadas que cambian sexo por dinero. Esta es la falsedad del ser humano.
Tras un largo trabajo de campo, en el que he compartido experiencias con mujeres que ejercen la prostitución de forma voluntaria, me di cuenta que el mayor causante de la marginalidad a la que están sometidas es el estigma PUTA; la visión que la sociedad tiene de sus actos, la hipocresía, tener que llevar una doble vida por miedo al qué dirán. Su miedo no nace del cliente, sino del concepto que la sociedad tiene de su persona. Encontramos a mujeres empoderadas, orgullosas de su trabajo y de su forma de vida, que luchan cada día contra ese estigma que intenta empequeñecerlas. Por supuesto, como en cualquier trabajo, hay mujeres que por diversos factores no se sienten plenas con el mismo, lo cual es lógico puesto que reciben insultos desde cualquier área y se les criminaliza, humilla y ataca de forma directa y constante a la autoestima. No temen su trabajo, sino el juicio que lxs amigxs, familia, compañerxs, medios de comunicación, la sociedad en general hace de él. Entonces, ¿ deben cambiar las mujeres su profesión o es la sociedad quien debe cambiar el concepto que tiene de ella?
¿Dónde está el error de elegir tu trabajo, donde quieres ejercerlo y cómo? Sea cual sea la causa por la que lo ejerces, necesidad,  placer o  capitalismo, ¿ a caso el panadero no tiene necesidad de levantarse a las 5 de la mañana para poder vivir dignamente? ¿ y el abogado de defender causas cuestionables para vivir cómodamente? ¿ no somos todxs, víctimxs y verdugxs del sistema captalista?
– ” Doy de comer a mis hijos con el sudor de mi género ” –
Alba Gutiérrez García
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No me llames Dolores, llámame Lola; No me llames lúmpen que soy clase media.

Aunque el tema “huelga” no sea tabú de por sí, en nuestra clase no solemos tomar tiempo para hablar sobre él: está casi oculto. LLegar a puntos en común parece impensable y a menudo se termina en discusiones. En esta entrada querría exponer mi argumento y, por que no, intentar (e intentad) que este espacio pudiera llegar a servir como una forma de ver pausadamente las opiniones de ls demás. POR SUPUESTO que podéis participar y rebatir (:

Entendemos huelga como una alteración en actividad laboral. Esta acción, insurrecta y esclavista (recuerda quién es el capital humano (tú) y quién tiene los medios de producción (tú no)), dejó muerts en su camino horizontal antes de ser regulada. Su deslegitimación comenzó con su control constitucional, favoreciendo, a posteriori, la creación de un nuevo falso dilema con los derechos individuales como principal relieve. En las siguientes líneas desgranaré, desde la solidaridad como valor, los piquetes como máxima expresión de maldad en pro de otro posible enemigo. Empecemos.

Sí, hacer huelga es individual. Es un derecho que decides ejercer o no ejercer. Sumarte a la huelga, en cambio, funciona como un acto colectivo. Y si es colectivo es solidario. Y si te centras en tus derechos individuales, el acto de no secundar se convierte en insolidario: si los logros se comparten, ¿por qué salir de mi zona de confort pudiendo haber lúmpenes-oh, no, yo no soy lúmpen-que salven mi clase media? ¿Para qué o por qué habría de arriesgarme?

Puede que si te afectan los paros es porque estemos más relacionads de lo que realmente pensamos; no compartimos cuestiones ideológicas pero sí un jefe, varón, que se recrea en nuestra plusvalía. Dejar de pensar que la separación es por gremios nos aleja del foco patronal por separar las luchas: solo hay un enemigo y no es la persona que te impide entrar a tu trabajo.

Si observamos el caso estudiantil, encontramos el denominador común. Las potestades constituidas fomentan la exclusión, privan de educación, vivienda, sanidad y trabajo.

¿Por qué pensamos que el enemigo es quien alza el puño gritando consignas libertarias y excluimos de cualquier razonamiento al poder del traje? Nos importa más cubrir nuestras necesidades que pensar en ls demás. Incongruencia y huelga nunca irán de la mano.

Posicionarse como neutral en casos de injusticia es elegir el lado del opresor.

A la huelga sí

Te recuerdo Amanda

A galopar

Ellos dicen mierda

Yo pisaré las calles nuevamente

Salgo a la calle